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Published On: Sat, Jun 16th, 2012

Vuelo de los picapiedras

La campana de la iglesia comenzó a sonar temprano, al alba. En todo el campamento se escucharon por cerca de una hora los sonidos dispersos del metal viajando entre los cerros.

Talán, tolón o cualquier otra onomatopeya, digamos placatán, pontón, no importa. La campana sonaba siempre distinto. Parecido, pero no igual. La campana de la iglesia sonaba con insistencia, sonaba a llamada, sonaba a una alerta temprana.

Así lo entendieron los habitantes del campamento. Salieron de a poco de sus casas de piedra laja, casas negras que con el frío y la humedad brillaban como si fueran caballos azabaches con techos blancos, quietos, mudos, aceptando en sus junturas cada vibración de las campanas.

Los habitantes salieron igual, de a poco, sacudiendo la cabeza, ajustando el pantalón, enganchando la manta, limpiando el moco. Frotando las manos enguantadas, algunos; empujando el gorro hasta casi tapar los ojos, algunas.

Una niña va casi al trote, detrás del papá minero, con una caldera con agua hirviendo en una mano y un jarro con café en la otra. Jadeando, respirando aire a menos 12 grados, trota, sirve café. Tropieza, se levanta, vuelve a trotar y así su vocación de servicio la conduce.

Se hacen más de 200 gentes, se juntan a las puertas de la iglesia, en la plaza del campamento; Chorolque es el campamento. Está a miles de metros sobre el nivel del mar y del bien. Está siempre helado aun en los días en que el cielo se despreocupa y deja ese lugar destapado por descuido. Está helado y con frecuencia hay en el ambiente una llovizna insistente, un montón de agua cargosa que no para.

Los mineros que están en el campamento son los que llegan al alba a descansar, son del turno de noche. Los otros ya se fueron al interior del cerro, coca en bolsa, tos en el pulmón, un “jamer” en la ilusión.

En el campamento hay un cura que no la pasa tan mal pero tampoco tan bien. Dice que tiene seis hijos pero nadie lo puede asegurar. No hay prueba de ADN en Chorolque, hay, a lo mejor, un pacto de silencio, como cuando una comunidad hace justicia y quema al ratero equivocado y se calla para siempre en el país en el que una vida de gente vale menos que una vida de gente en cualquier otro lugar del planeta azul.

Las gentes de Chorolque no señalan con el dedo a las probables mamás de los seis hijos. Tanto es así que cualquiera de los chicos y chicas de la escuela de Chorolque puede ser hijo o hija de cura. A nadie le molesta, en verdad. Un minero en el interior de la tierra no puede saber qué cosas está confesando el cura a una mujer, ni siquiera puede saber si esa mujer podría ser la que convive con él. El cura los casa, el cura los descasa.

Ese cura, el dueño de las almas de Chorolque, toca la campana a rebato una mañana invernal. Hace un escándalo de proporciones. Ni siquiera cuando hay trifulca o ayra hace tanto alboroto. Toca la campana en siete por ocho’ parece un pedazo del hermoso Sensemayá de Silvestre Revueltas, el mexicano que supo combinar los sonidos propios con el propio tequila, sin errar, sin tropezar ni una sola nota.

De pronto la gente está empujando ya la puerta de la iglesia para saber qué ocurre: quizás han muerto cooperativistas, quizás comunarios han secuestrado a mineros aduciendo que las minas eran de sus tatarabuelos, quizás grupos de laboriosos agricultores descubrieron que en el interior de la tierra la coca da más grande y nadie la ve’

Quizás apareció una virgen con los secretos más esperados por la humanidad, quizás el equipo de fútbol de Chorolque se clasificó a la final del campeonato de mineros ricos contra mineros de siempre. Quién sabe. Pero hay que averiguar, de eso se trata.

Entonces la gente empuja. Mineros, palliris, esposas sin más oficio que el de mantener vivos a sus hijos, un perro escuálido que se llama Robesperro, el carnicero del campamento y el policía del campamento. Todos empujan con pasión hasta que el cura cede, deja entrar a los habitantes de Chorolque y les pide silencio. Se hace un silencio de ese tamaño. O de éste.

Entonces el cura habla. Todos escuchan atentos, ni siquiera piensan para no hacer bulla interior.

El cura alza los brazos y señala al techo de la iglesia, adentro, claro está. Apunta con firmeza y con seguridad plena. Allá, dice, hay una mosca. ¡Ohhhhhhhhh!, exclama la multitud. Una mooooosca.

Nunca antes en las alturas de Chorolque mosca alguna se había atrevido a volar. Era la primera vez que los habitantes veían una mosca en vivo. En las alturas de Chorolque había una araña, nada más, y la gente la alimentaba con lo que pillaba.

Pero una mosca, una mosca, jamás. Por eso el toque de alerta temprana. Un suceso así no pasaría otra vez, quién sabe en cuántos años más.

Pagina Siete

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