La cultura y la influencia árabe siguen vivas en Tarija

La cultura y la influencia árabe siguen vivas en Tarija
La paz, 19 de jun. A inicios del siglo XX, en el marco de las grandes migraciones de europeos y algunos pueblos de África y el mundo árabe a raíz de la Primera Guerra Mundial llegaron a Bolivia -y en especial a Tarija- cientos de árabes, gentilicio que entonces y aun hoy en día designa por igual a los oriundos de Turquía, Egipto, Líbano y, sobre todo, Siria, además de otros países.
Anuar Auad cuenta que “preocupados por el futuro de sus hijos, y para que no vayan a morir a la guerra, muchos los ponían en barcos con rumbo a Argentina y Brasil”. Fue así que su padre, José Auad Jurie, llegó a Buenos Aires con apenas 15 años y poco después arribó a Tarija, donde se asentó.
Para lograr salir adelante en un país extraño sacaron a la luz una de sus cualidades que los caracteriza: la solidaridad para apoyarse mutuamente y el cumplimiento de tres principios básicos: honradez, trabajo y amistad.
“Los árabes eran muy trabajadores; poblaron el Chaco tarijeño, se fueron adonde nadie quería ir”, comenta Auad. “Se dedicaron al comercio, a la ganadería o a la producción agrícola, constituyendo sólidas y prósperas familias. Eran pacíficos y amistosos, por lo que fueron bien recibidos, y sobre todo eran honrados, por lo que no hay registro de árabes que hayan estafado o ido a la cárcel por algún delito”, agrega.
La influencia árabe en la identidad tarijeña es evidente en varios aspectos. En la gastronomía, destacan los cupis, el kebab y otros platos. Incluso el nombre del símbolo de Tarija, el río Guadalquivir, viene de la palabra árabe oued-el-k’bir, que significa río grande.
En el Club Árabe de la capital chapaca se siente ante todo la fuerte conciencia de identidad que une a los varones -que se saludan con un beso en la mejilla- y sus familias, y entre quienes se percibe una relación que va más allá de la amistad, y que se basa en lazos más sólidos que la simple ciudadanía. Son los lazos de la sangre que los mantienen unidos en cualquier lugar del mundo, generación tras generación.
Interculturalidad
Sin embargo, muchas prácticas se han ido perdiendo. Jeannette Dipp, cuyo abuelo José Dipp llegó proveniente de Líbano, cuenta que cuando era pequeña su padre solía llevarla al Club Árabe.
“Me asustaba porque parecía que hablaban a gritos”, dice refiriéndose a la particular forma de expresión que da la impresión de que siempre están discutiendo. “Allí comí los cupis de carne cruda y triguillo, que tenían buen sabor pero yo los comía con cierto recelo”, confiesa.
La conciencia de identidad de los “árabes tarijeños” se manifiesta no sólo como símbolo de pertenencia a un grupo, sino que tiene que ver con el reconocimiento de prácticas y costumbres comunes, como las periódicas reuniones de confraternización, cargadas de gran sentido comunitario.
En estas citas se fuma, se bebe café y se juega a las cartas. Según dicen la necesidad de mantener estas tradiciones motivaron la compra de la infraestructura y la posterior fundación del Club Árabe, el 10 de agosto de 1936.
“Los árabes tenemos el vicio de jugar, para eso se creó el club”, comenta Yamil Casal, presidente de esta organización, cuyo padre fue Salomón Casal Chamon, uno de los pioneros árabes en Tarija.
El club era sólo de hombres, ya que las costumbres árabes no permiten a la mujer participar de reuniones fuera de casa. “Hasta hace unos 25 años las esposas no participaban de las actividades”, explica Auad, y aclara que “hoy eso ha cambiado”. Y justo en ese momento llega una mujer, miembro del club, Mabel Hiza.
Más allá del fuerte arraigo étnico, Ismael Auad, hermano de Anuar, se siente tarijeño al cien por ciento. “Nosotros nacimos y crecimos aquí, así que somos tarijeños”, señala quien es uno de los pocos descendientes de árabes en Tarija que habla el idioma y que vivió un tiempo en Siria.
En 1932, su padre decidió volver a su país de origen, por lo que vivieron en Siria durante seis años. “No nos quisimos quedar, éramos niños acostumbrados a correr, pelear y andar libres, y los árabes tienen un sentido muy estricto de la disciplina”, recuerda.
Otra de las costumbres árabes que estuvo arraigada por mucho tiempo en Tarija es la de restringir la salida de las mujeres a la calle, por lo que los hombres eran quienes hacían las compras en el mercado. Esto los volvió expertos al momento de escoger las mejores frutas y verduras.
“Las chicas no tenían la libertad de salir y tener enamorados y eso se mantuvo por mucho tiempo”, comenta Jeannette Dipp, quien se casó con un tarijeño y aún hoy se pregunta por qué su padre no la obligó a casarse con un árabe, como era la tradición de esa cultura, en la que el divorcio es muy poco común, ya que la familia es una institución sagrada.
“Mi papá decía que la mujer nunca debe buscar al hombre y eso es algo que yo llevo muy adentro”, comenta mientras analiza que hay muchas facetas de su vida influenciadas por la cultura árabe.
Aunque su padre habló muy poco de su pasado, Jeannette intuye que todo descendiente árabe lleva en su sangre una herencia genética que de manera natural le hace vivir bajo ciertos preceptos. “Los hombres árabes se saludan con un beso y un abrazo, pero a la mujer no la tocan, mantienen una distancia y eso era así también aquí, entre los descendientes”, explica.
No obstante, la mayoría de éstas y otras prácticas se han ido perdiendo con el tiempo debido a la unión de personas de diferentes culturas.
Es difícil llegar a establecer la magnitud de la influencia árabe en Tarija. Sin embargo, es indudable que los apellidos, los fuertes rasgos físicos y las costumbres de los originarios de estos pueblos ya forman parte de la identidad del “chapaco”.
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